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Adolescentes, uso de las redes sociales y consumos problemáticos

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A partir de un documental que emite Netflix, la autora reflexiona sobre las subjetividades de época y el padecimiento psíquico en torno al uso de los celulares, especialmente en la adolescencia.

Por Andrea Vázquez

Laboratorios de la persuasión o la producción de “cuerpos dóciles”[1]

Escena 1. En una dimensión no consciente, un adolescente de entre 15 y 17 años duerme colgado de un hilo invisible y, sin apoyar los pies sobre el piso, es víctima de un tablero de estímulos permanentes tales como: “X publicó una foto contigo: dale like”, “Tu amigo Z acaba de conectarse: salúdalo ahora”.

El fin de semana pasado tuve oportunidad de ver el documental que Netflix emite bajo el título El dilema de las redes sociales, pero cuyo título original –y más apropiado por cierto– es The social dilemma.

Me resultó interesante y me quedé pensando varias cuestiones, algunas relativas a la ilusión de autonomía al menos pensándonos como sujetos del mercado. Cuánto del “yo elijo” es posible en el marco de un pequeño universo de posibles y cómo esto puede complejizarse si en lugar de adultxs hablamos de infancias y adolescencias cuyas identidades se encuentran en plena construcción.

Yo ya venía pensando en la(s) grieta(s) y las pertenencias a pequeños grupos de intercambio social que a veces nos da una idea poco realista acerca de la diversidad de perspectivas. Quiero decir, si en mi FB solo he ido quedándome con contactos cuyos pensamientos son más o menos parecidos a los míos puedo caer en la falsa creencia de que hay un “todxs pensando lo mismo”.

Creo que en algunos momentos en particular tiene mucho sentido preguntarnos acerca de: ¿Cómo tomamos decisiones en general? O, más específicamente, ¿de qué forma elegimos qué consumir?

Ya en 2015 el Informe sobre el desarrollo mundial 2015: Mente, sociedad y conducta aludía a la idea de que las personas imbuidas en su realidad cotidiana rara vez son tan coherentes como se las supone desde la perspectiva de las políticas económicas y que en ocasiones “no persiguen sus propios intereses”. Según Kaushik Basu, vicepresidente y economista jefe del Banco Mundial “los encargados de ventas y los políticos conocen desde hace tiempo el papel de la psicología y de las preferencias sociales como motores de las elecciones individuales”.

Black Mirror y los consumos problemáticos

Escena 2. El adolescente de la Escena 1 integra un grupo familiar en que dos de sus componentes (él y una de sus hermanas) no pueden soltar el celular siquiera a la hora de almorzar. Luego de haber escuchado un documental en que se habla del uso excesivo de la tecnología, la madre propone antes de comenzar el almuerzo que cada unx deje su celular en un frasco con tapa y temporizador (lo que impedirá su apertura durante el lapso que transcurra entre el inicio y el final de la comida).

Todxs se miran sin hablar hasta que comienzan a sonar las notificaciones de los teléfonos dentro del frasco que nadie alcanza a ver. De pronto, la más pequeña del grupo se acerca a la mesada en que descansa el preciado frasco y lo rompe en busca desesperada de su dispositivo móvil. En ese acto daña además, la pantalla del teléfono móvil de su hermano. Acá se inaugura una escena que considero central para el tema en debate cuando la madre le propone a su hijo comprarle uno nuevo si es capaz de permanecer siete días desconectado.

La escena en que la púber hace trizas el frasco exasperada parece retratar la compulsión a consumir algún tipo de objeto (compras), práctica (juego de apuestas) y/o sustancia (legal o ilegal).

La otra cara de la compulsión es el vacío. El adolescente que acepta el desafío de no utilizar su teléfono durante una semana a cambio de conseguir uno nuevo permanece en su habitación sin saber qué hacer. El tiempo pasa lentamente y no logra conectar con otras actividades. Asiste a clases pero “se siente observado” por sus otrxs o simplemente por esos otrxs a cuya tribu pertenece aunque no se conozcan que parecen organizar sus vínculos alrededor de lo que ocurre en las redes. Tras varios días y en su habitación, cae en una ensoñación que lo mantiene suspendido hasta que pasa cerca de su teléfono y ya no logra sostener el no contacto. Una vez allí transcurre toda la noche actualizando lo no visto hasta que queda dormido con su teléfono sobre sí.

Vale reflexionar sobre esas sensaciones. El quedar atrapado en espejismos de juegos y personas. Reales e irreales. El producto final de todo ese proceso es a condición de la falta. Sin embargo, en las vivencias del documental, como en la cotidiana experiencia en las redes, la ilusión de la completud y su materialidad quedan confundidas.

El adolescente privado de su celular por unos días asiste luego a una experiencia angustiante que le muestra descarnadamente todo lo que “ha perdido” en la realidad de sus vínculos. Aunque sigue siendo ilusorio (la chica que le gusta ha conseguido novio, su rol en un juego grupal ya ha sido reemplazado por otro jugador, etc.) la vivencia para sí es real y lo golpea en su singularidad, en su ser. Es sabido por nosotrxs lxs psi, que la experiencia es fallida por definición. El punto de inflexión es cuando la pérdida es real, cuando no puede simbolizarse y nos enfrenta a un gran desafío de deconstrucción de esas realidades, irreales claro, de felicidad, belleza y éxito. Casos de niñxs y adolescentes desmotivados o sumidos en enormes sufrimientos por las experiencias vívidas. Estas emergen de las duplas tener-no tener (objetos, éxito), encajar-no encajar (según cánones de belleza, acceso a actividades y/o recursos según niveles adquisitivos, etc.).

La tensión entre pertenecer-no pertenecer es especialmente padeciente en momentos de la vida en que las identidades se encuentran en pleno armado. Históricas series norteamericanas han retratado las disputas entre adolescentes y jóvenes de escuelas medias agrupados en “populares” y “perdedores”. El fenómeno de los “losers” ha contribuido a una nutrida producción de textos, series y films[2] en las últimas décadas que da cuenta de la persistencia de estos procesos sociales y de los sufrimientos singulares que produce.

Yo regulo, tu regulas, ellxs regulan. ¿Quién regula?

Frente a todo esto vale la pregunta acerca de ¿qué hacemos?

El documental compila una serie de entrevistas a ex altos ejecutivos de las compañías de internet más importantes del mundo (tales como Facebook, Google, Instagram, Pinterest) que plantean que han dejado sus lugares de trabajo por las consecuencias que el uso de sus propias creaciones está produciendo en los usuarios. Sus reflexiones van desde afirmar que desde adentro de las empresas es imposible frenar estos efectos hasta el no permitir a sus hijos pequeños exponerse a los algoritmos y/o dispositivos que muchos de ellos crearon.

Recientemente escuché una charla Ted de Santiago Bilinkis en la que se analiza la manipulación de las redes sociales. Allí señala que cuando vamos a comprar un producto y pagamos por ello formulamos un conjunto de interrogantes tales como: ¿será de buena calidad?, ¿el precio es adecuado?, pero cuando algo es gratis “bajamos la guardia”. Y deja planteada una provocadora pregunta: ¿Por qué querría una gran empresa multinacional incurrir en los enormes costos de desarrollar una red social, una plataforma de videos, un sistema de correo electrónico para que lo usemos gratis? Si no estamos pagando con dinero, ¿de qué otra manera estaremos pagando?

No estamos ya discutiendo si tecnología sí o no, ya sabemos que sí. Que llegó para quedarse, que aporta mejoras en la vida de las personas que no están en discusión. Sí parece ser el momento de delinear políticas de ética de la tecnología que incluyan la obligación por parte de las empresas de informar acerca de las técnicas de persuasión y de los posibles efectos que esto podría generar en la población general y en algunas parcelas poblacionales en particular. Construir mensajes que permitan buenas prácticas de uso de pantallas, redes sociales y/o video juegos. Algo así como: “el uso excesivo es perjudicial para su salud”. También podrían formularse normativas específicas.

Lo que no podemos pedirles a las empresas es que nos reemplacen en nuestros roles de adultxs. Si llevamos nuestros dispositivos móviles a nuestras habitaciones y nos quedamos dormidos sobre ellos, se torna difícil luego transmitirles algún uso responsable a nuestrxs hijxs. Si permitimos que los teléfonos celulares descansen al lado de los platos y los tenedores en los momentos de compartir la mesa familiar resulta difícil luego reunir niñxs en un espacio para jugar y reprocharles que solo puedan jugar si cuentan con una pantalla encendida…

Hace muchos años reflexionaba acerca de una noticia que describía el episodio en que una niña de 5 años de edad llevaba al jardín de infantes una tableta de ansiolíticos y repartió pastillas entre sus compañeritxs de sala. En ese momento me preguntaba ¿cómo es que unas pastillas que se venden con receta duplicada, psicofármacos, estaba disponible en el hogar a la altura de la mano de una pequeña de nivel inicial de escolaridad? Allí descubrí que la mayor parte de las personas con las que hablé guardaba ese tipo de medicamentos en algún cajón bajo la mesada de la cocina, en los cajoncitos de las mesas de luz, en el último estante de la mesita de la TV o en alguna caja o frasco entre otros que conservaban artículos de limpieza o alimentos. Siendo así: ¿por qué un niño debería considerar que “esas pastillas” son diferentes de otras consumidas como golosinas? Capítulo aparte merecería la disponibilidad de alcohol y medicamentos en formatos cuyo packaging se asemeja al de dulces y/o bebidas para menores de edad.

Solo me resta agregar que el documental transmite una perspectiva psicológica muy enfocada en lo cognitivo-conductual-individual que elude los aportes de otras teorías como la psicoanalítica y por tanto evita el uso de unas categorías que considero especialmente útiles para pensar estos procesos tales como las de subjetividad de época y sufrimiento o padecimiento psíquico.

No podemos pensarnos más que como subjetividades producidas en el marco de una temporalidad concreta y con unos sentidos delimitados por la época que nos toca transitar. Me parece fundamental visibilizar los intereses que sostienen la búsqueda de cada decisión que somos empujadxs a tomar dentro de un minúsculo universo de posibilidades contenidas entre el “Me gusta” y el “No me gusta”. Más cerca del encierro que de la autonomía.

Andrea Vázquez es doctora en Psicología y profesora de la Cátedra II de Salud Pública y Salud Mental de la Facultad de Psicología de la UBA.

[1] En 1976 Foucault se refirió a las “disciplinas” como los métodos que permiten el control minucioso de las operaciones del cuerpo, que garantizan la sujeción permanente de sus fuerzas y les imponen una relación de docilidad-utilidad. La disciplina fabrica así cuerpos sometidos y ejercitados; cuerpos “dóciles”.

[2] “Losers” (2019) una serie de Netflix que retrata la vida después de una pérdida en el mundo del deporte. “The Losers” (2010) es una película de acción basada en la novela homónima de Andy Diggle. “Un perdedor con suerte” (2000) relata las vivencias de un universitario que es acosado por sus compañeros. El libro “Losers: Historias de famosos perdedores del rock” (2018) cuenta la vida de personas que no llegaron a ser parte del “Olimpo” rockero. El tema musical “Losers” (2015) de The Weeknd.

Publicado en Página 12


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